Entre 29.500 y 40.000 venezolanos residen en Costa Rica, mientras crece el flujo de retorno norte-sur desde México. En 2026, el endurecimiento de EE. UU. contra la migración irregular y el reacomodo geopolítico regional podrían redefinir rutas, trámites y oportunidades.
Costa Rica cerró 2025 con un doble rol cada vez más evidente: país de acogida para miles de venezolanos y, al mismo tiempo, corredor de tránsito en un continente donde la ruta migratoria cambia de dirección con rapidez.
Los datos de organismos internacionales dibujan el tamaño del fenómeno. Para 2025, las estimaciones sitúan a la comunidad venezolana residente en Costa Rica entre 29.500 y 40.000 personas, con un grupo relevante que ha logrado estabilizarse mediante empleo y emprendimiento. 
Pero el dato que marca el pulso de la coyuntura es otro: el retorno. Entre enero y agosto de 2025, la OIM registró 16.776 ingresos vinculados al flujo norte-sur (personas que regresan principalmente desde México), con mayoría de venezolanos.  En paralelo, el monitoreo de junio 2025 de la DTM-OIM muestra que 39% de las personas encuestadas declaró intención de permanecer en Costa Rica, mientras el resto planeaba continuar hacia el sur. 

En el terreno, el retorno trae necesidades concretas y repetidas: alojamiento y alimentos encabezan los requerimientos en movilidad, según los reportes de monitoreo humanitario.  Costa Rica, con un sistema de refugio presionado y trámites que suelen acumular retrasos, enfrenta el reto de atender a quienes se quedan… y a quienes solo pasan, pero lo hacen en condiciones más frágiles.
¿Qué esperar en 2026?
El factor externo con mayor capacidad de “mover la aguja” es Estados Unidos. Washington insiste en una línea de endurecimiento contra la migración irregular: más control fronterizo, más removals y presión para la salida voluntaria (“self-deportation”), según comunicados oficiales y reportes de agencias.  Además, CBP sostiene que el borde sur se mantiene en niveles de control históricamente altos, con cifras oficiales mensuales que seguirán siendo el termómetro político de 2026. 
¿Traducción para Costa Rica? Si la puerta al norte se estrecha, se amplifican los retornos y crece la probabilidad de que más venezolanos opten por quedarse (o reorientar su ruta hacia el sur), elevando la demanda de regularización, empleo y servicios básicos. Y si los controles y requisitos migratorios de EE. UU. se vuelven más estrictos, aumenta también el terreno fértil para desinformación y estafas: gestores falsos, promesas de “citas mágicas” o trámites inexistentes.
La pregunta clave
Costa Rica ya no discute solo cuántos llegan: discute quiénes se quedan, cómo se integran y qué marco institucional permite que la migración se convierta en aporte, no en precariedad.
¿debería Costa Rica acelerar vías de regularización y empleo formal para reducir vulnerabilidad, o priorizar control y retorno asistido?




